jueves, 7 de abril de 2011
El Perro
lunes, 21 de febrero de 2011
Utopía de una masacre (aún en preparación)
Parte I
¡Que tranquilo que está todo! La desolación del lugar, el silencio y la oscuridad de una noche sin luna crean un clima de suspenso como el que antecede a un huracán. A pesar del frío invernal, yo espero afuera, apoyado sobre la parte delantera de mi hermoso Torino negro apagado, con la campera puesta y fumando un delicioso cigarrillo. Los borceguíes marrones de cuero me protegen los pies y los bolsillos del pantalón vaquero son el mejor refugio para mis manos. Sin embargo, saco la izquierda para no tener todo el tiempo la nicotina pegada a los labios y la apoyo sobre el capó, ya húmedo, del vehículo. Así me doy cuenta de que el rocío ya empieza a mojar los adoquines y los árboles de la oscura plaza que está a mi derecha. Miro al frente, hacia lo profundo de la calle, donde esta se funde con la oscuridad total, ya ni hay farol municipal que ilumine esa zona. Eso me provoca cierta inseguridad y me hace buscar algo de luz involuntariamente. A mi izquierda, la antigua zapatería tiene el cartel que está, sobre la puerta de la entrada, aún encendido. Desde allí hasta aquella boca de lobo solo hay algunos faroles de luz anaranjada. Alrededor del negocio hay solo casas bajas con toda iluminación apagada y atrás mío, probablemente hacia donde emprenderé mi regreso en cualquier momento, la luz municipal sirve de guía hasta la ruta.
.- ¡Dale, boludo… ponelo en marcha! – me grita desde lejos el introvertido; ya se entenderá por qué le decimos así. No lo logro encontrar en la oscuridad, pero reconozco su voz e inmediatamente tiro el tabaco, entro al auto y lo pongo en marcha. Empiezo a mirar desesperado hacia todos lados, la ruta con el espejo retrovisor, las ventanas de las casas y a través de la plaza, pero el viene corriendo desde la peor opción. A pesar de verlo solo a él, el ambiente se empieza a sentir muy tenso y el suelo se siente vibrar como si hubiera una estampida. Pocos metros detrás suyo, las luces van tomando un fúnebre color azul que se abalanza en forma de marea desalineada sobre todos los faroles. Giro el auto casi media vuelta y abro la puerta trasera derecha para que no perdamos un segundo extra.
Ni bien somos dos en el auto, arranco ferozmente y la puerta se cierra por inercia. Solo me importa alejarme de aquel mar turbulento, pero parece que este no me quiere dejar ir fácilmente. Los disparos no se hacen esperar más; por suerte no empezaron antes.
.- ¡La concha de la lora, la luneta! – grito; así me pongo cuando algo le pasa a mi bebé.
La oscuridad de la ruta nos absorbe antes de que me de cuenta aunque ambos sabemos que nuestra reciente “tranquilidad” no durará mucho, porque, a veces, el mar sube a la tierra y la inunda eliminando las huellas.
León se pasa para adelante, ya que al no haber vidrio atrás, el frío se vuelve intenso. Después de semejante escapada lo miro rápidamente para chequear que esté bien. Tiene la cara manchada, un tajo en el pantalón a la altura de la rodilla izquierda y su envidiable campera marrón está intacta.
.- ¿Lo hiciste? – pregunto, aunque sé que probablemente no me responda. Como siempre y a pesar de saber que sería así, yo me enojo.- ¡Pero la puta madre! ¡Contestame, León!- le reprocho. Su silencio me deja con bronca, pero reconozco que me calma de a poco.
Las sirenas invaden el silencio, pero sé qué hacer para que no pase más que eso. Unos pocos metros más adelante hay un árbol que previamente habíamos tomado como referencia para hacer un hueco camuflado que nos llevaría al centro de un alto maizal, por si esto ocurría. Cuando llegamos, el manso y Brutus nos están esperando. Corren unas plantas para abrirnos paso hacia el escondite poco elaborado. Veo el pasillo por cual me dirigiré, una vez que hayamos vuelto a poner las ramas como estaban, rodeado por una alta vegetación que nos dará la cobertura necesaria por algunas horas. Terminamos de cubrir el paso al rústicamente elaborado escondite y yo apago las luces. Todos nos subimos al auto y empezamos a avanzar.
.- Cuidado que hay vidrio roto, muchachos – les advierto a los de atrás.
El terreno no me permite subir de primera marcha, pero el ruido que hacemos no me preocupa, ya que las sirenas son mucho más potentes. Pierdo de vista la ruta, así que no sé si los uniformados pasaron de largo o no, más que por los sonidos que hacen.
De repente no hay más camino marcado y la oscuridad que nos beneficia para alejarnos del problema, a su vez nos dificulta seguir haciéndolo.
Ante la situación, apago el motor, pero el manso quiebra el silencio dentro del auto.
.- Bueno, no nos pongamos nerviosos. Estuve pensando las opciones para cuando nos pasara esto – saca un papel arrugado del bolsillo derecho de su campera y lee – podemos quedarnos a pasar la noche, dado que estamos lo suficientemente alejados de la ruta; aprovecharla para sacar las cosas del baúl y camuflar al robot, ya que los azules probablemente lo vieron; seguir buscando un camino o creándolo hasta llegar al granero de Teodoro que está a 7 kilómetros o volver a la ruta dentro de un…-
.- ¡Con razón estaba sentado sobre vidrio! Lopo, se te rompió el parabrisas de acá. – interrumpe Brutus y señala con la mano el hueco. Automáticamente cierro los ojos, cuento hasta ocho y me pongo a pensar en una canción que me gusta. El intro me palmea el hombro. Abro los ojos y lo miro. Ya tomó una decisión y me la señala lo más simplemente posible, sin decir una palabra o poner algún gesto facial. Enciendo el motor y comenzamos a avanzar hacia el granero.
Parte II
Tremendos vientos sacuden al auto en medio de un campo por el que vuelan arena y ramas. Una ola gigante con tiburones nos va a invadir, pero un rayo nos cae encima y el auto se eleva como si hubiera un efecto de rebote . Otro rayo nos golpea, pero esta vez en mi ventana.
Abro los ojos asustado.
.- ¿Qué carajo hacés acá con ese introvertido de mierda? – pregunta Teodoro mientras me apunta con su escopeta para cazar. Inmediatamente levanto las manos mientras León sigue durmiendo, apoyado contra la ventana como si nada sucediese.
.- Calmese don Teodoro, por favor, ya nos vamos. No quisimos molestarlo así que entramos sin pedirle permiso, pensábamos irnos de madrugada, pero el granero nos resultó tan acogedor que nos quedamos dormidos hasta el medio día, pero ahora salimos. – digo un poco agitado. Giro la llave para poner el contacto y el granjero se empieza a reír y deja de apuntarme.
.- Sos más cagón que una gallina, sobrino. A ver cuando aprendés a usar las pelotas querido. – continúa riéndose mientras el manso y Brutus entran al granero con unas tostadas y café para mí y el dormilón. Salgo del auto y me apoyo en la chapa que cubre el motor. Aprovecho que el otro compañero duerme para agarrarme lo que trae el grandote. Siempre es desprolijo, el tiene más jalea en la mano de lo que hay en el pan, que tiene bastante, y la taza es prácticamente de medio litro; todo acorde a sus dimensiones físicas. La otra opción es la de las tostadas casi perfectamente untadas con un delicioso café con la medida justa de agua y azúcar. Yo prefiero cantidad.
Con la boca llena, le digo a Teodoro con odio, pero respetuosamente, que yo no seré de los de las agallas de hierro, pero soy el educado estratega. Mientras, Brutus se sienta en el piso y se apoya contra la puerta del lugar y el manso deja el otro desayuno frente a los ojos del que sigue durmiendo y se prende un cigarrillo que fuma de espaldas a mí, apoyado en el auto como un reflejo mío.
Al escucharme hablar, el intro se despierta y me busca con la mirada. Lo sé, porque siempre lo hace y hasta que yo no le haga algún mínimo gesto para saludarlo, no deja de mirarme. Me doy vuelta y lo saludo con la mano. Él sale del vehículo agarra su desayuno y lo disfruta sentado sobre un montón de paja, con mucha tranquilidad, mirando el humo que sale del cigarro del manso, aún con los ojos entreabiertos, sentado frente a él.
.- A veces solo el coraje te puede salvar, Lopo. Me vuelvo para la casa que no quiero poner nerviosa a la patrona. Cuando se vayan, no quiero rastros de su estancia ¿estamos? – pregunta el señor con seriedad. Todos asentimos inmediatamente, incluso el manso se da vuelta para que se vea que escuchó y entendió.
Teodoro baja la cabeza y a medida que se acerca a la puerta, Brutus se va levantando y se la abre y luego la cierra.
.- Quiero asomarme a la puerta un minuto. Cuando vuelva, empezamos con el auto. Manso, dame un pucho y fuego.- acto seguido salgo a fumar.
El campo parece haber cambiado de color y disposición, la maleza es variada y más verde que amarilla como el trigo. Eso significa que la tierra es fértil. Para eso debe ser blanda. Si es blanda, quedaron nuestras huellas marcadas. Si nos descubren estamos muertos. Del miedo, casi me trago el cigarrillo, pero lo escupo inmediatamente mientras entro corriendo al rancho.
.- ¡Rápido, empecemos, si no nos apuramos, estamos fritos! – les digo a mis compañeros, que confían en mí plenamente, así que no tuve que insistir.
Nos conocemos desde hace años y saben que no soy muy bromista que digamos.
Al último que conocí fue al manso, que se llama Ignacio; sucedió en un encuentro regional de ingeniería, cuando este joven brillante presentó un proyecto de planificación provincial para que los traslados de todo tipo sean más rápidos, eficientes y baratos. Como eso generaría un gran cambio socioeconómico importante en la región, lo fui a ver y al terminar de hablar me acerqué a felicitarlo y ahí me enteré de que es de un pueblo muy cercano y tiene mi edad. Lo llamamos así, porque es el que jamás sale de sus esquemas y siempre parece ser el más tranquilo del grupo, excepto por aquella vez en la que se alcoholizó y no pudo disimular su enojo con el introvertido, por su falta de respuesta.
Con Brutus, cuyo nombre es Darío, nos conocimos porque yo salía con su hermana mayor cuando estábamos en los últimos años del secundario al que íbamos en la ciudad donde frecuentemente me encontraba con el introvertido, hasta que ella se fue a vivir a otro país con su actual pareja, un viejo ricachón de Brasil. Está claro a qué se debe su sobrenombre con solo verlo, es físicamente inmenso, como el enemigo de Popeye el marino, pero tiene el cerebro del tamaño de un maní. Eso lo hace poco sagaz, pero no mala persona.
A León, supongo que se entiende el porqué de su apodo, lo conocí en un viaje de mochilero en Chile. Yo estaba de vacaciones y él decía que también, pero la verdad es que nunca le creí, ya que constantemente se lo veía rodeado de gente, armando planos y ese tipo de cosas. En esas circunstancias de planificación sí hablaba, pero siempre con su característica neutralidad. Después de invitarme a pasar alguna noche fumando cannabis con su grupo de compañeros de aquel momento, nos hicimos amigos. Él frecuentaba la ciudad grande cercana a mi pueblo, así que fue fácil mantener el contacto. N
unca supe por qué hacía esos viajes, pero mientras yo estaba con las pequeñeses de la escuela él parecía dedicarse a negocios serios a pesar de ser solo unos años mayor que yo.
La verdad es que todo da a pensar que soy un reclutador, pero no es así; el manso ya conocía al gigante, porque él también había estado saliendo con su hermana. No me molesta que haya sido así, pero me parece que a él un poco sí. Sin embargo, la situación actual le hace olvidar todo tipo de rencor.
Mientras él y yo pintamos silenciosamente el auto, de un hermoso verde, parecido al pastizal que nos rodea (cualquier color le queda bien a mi tesoro), Brutus y el cuarto cambian las ruedas enteras así como las patentes.
Pasa una hora mientras trabajamos. Los encargados de las ruedas, guardan las que acaban de sacar. Los otros dos, terminamos con la pintura y hacemos lo mismo con los elementos. Mientras esperamos a que la pintura se termine de secar unos minutos, nos subimos al auto.
.- ¿No estábamos apurados? – pregunta León.
Lo miro. Le estoy por contestar que dos minutos no hacen la diferencia, pero escucho voces que se acercan cada vez más al galpón.
.- Comisario, le aseguro que si hay alguien acá no está bajo mi consentimiento. Usted sabe ya que no me meto más todos los días en esa pocilga.- se escucha hablar a Teodoro.
.- ¡Ja! ¿Uzted? Dezprecúpese, mi amiguete, pero tengo que chequeá’ un ojo.- contesta el oficial, a casi un metro de la puerta.
Inmediatamente y sin decir nada, como si estuviésemos entrenados para esta clase de casos, el intro y yo abrimos nuestras puertas y nos tiramos debajo del coche y los otros dos toman nuestros lugares justo cuando el uniformado entra al granero y se queda mirando fijo al auto. El manso sale del auto y se acerca al policía.
.- Hola comi. Que agradable sorpresa, ¿por qué no viene conmigo y don Teodoro a la casa a tomar unos mates con tostadas? – le dice mientras le agarra la mano con las suyas.
.- Eh, bueno sí, pero... hay algo que me llama la atención en ese Torino, juzto andaba buzcando uno, pero de color ozcuro; ayer uno azí, pero negro se llevó a un delincuente, juzto cuando lo eztábamo' por atrapá'. Eztá muy bajo, ¿que tiene adentro? – pregunta.
.- Bueno señor, yo no quiero menospreciar a nadie, pero solo está Darío adentro… el muchacho con el que usted me vio jugando con los niños de la plaza Oeste. Lo recuerda, ¿no?. Los chicos se quejaban, porque tapaba todo el arco - responde ingeniosamente el manso, mientras Brutus sacude su brazo saludando.
.- Ah, jaja. Claro, azí zí. ¿Vamo' para la caza? – ríe y pregunta el uniformado mientras cierran la puerta y se alejan los tres. – Ahora... que láztima no tener la “lungueta” trazera en eza hermoza máquina.- agrega.
Ni bien entran a la casa del campesino, cada uno de nosotros tres vuelve a su lugar y salimos muy silenciosamente confiando en que el manso lo sabrá distraer. Tomamos el camino original para entrar y salir a la estancia del viejo granjero, hasta llegar a la ruta.
.- Vamos a juntarnos con el clan de los Ma.- ordena el introvertido.
.- Primero vamos a pasar por mi casa. A la noche nos encontraremos en el lugar de la última vez. Brutus, no te preocupes por el manso, no le puede pasar nada.- le digo dado que veo su cara de preocupación.
Este mira el paisaje a través de la ventana. El sol brilla con poca potencia, pero con la belleza de todo atardecer de invierno en el campo, el viento es suave y el Torino ronronea como un gato acariciado. El silencio es solo penetrado por el ruido producido al no tener la luneta trasera, cosa que parece no afectarle a Darío.
En media hora llegamos al lugar en el que vivo. Allí repongo la parte que falta del auto. Llamo al clan Ma y comunico a mis compañeros acerca del encuentro.
.- Nos veremos a medianoche, en la plaza que está frente al almacén de la vieja Marfo.
Parte III
El clan Ma está formado por un grupo de siete hermanos y primos del mismo apellido: Marfo. El nombre lo habían creado inicialmente para armar un equipo de fútbol, pero como decidieron hacer juntos otras cosas decidieron que ese nombre fuera para todos los ambientes. A mí no me gusta juntarme con ellos, son engreídos, aunque solo hable Miriam, la portavoz, la actitud de los demás ahí mirando todo lo que pasa es un poco sobradora. Nos juntamos con ellos siempre que León lo pide, ya que solo él los cree últiles. No sé desde cuándo y ni cómo es que los conoce, pero accedo a juntarme por la confianza que nos tenemos. Este será nuestro tercer encuentro.
.-¿Vamos caminando o prefieren que vayamos con el Toro? - pregunto, ya que el lugar de encuentro es a seis cuadras.
.-¡Hace frío! ¡No quiero ir caminando! - contesta Brutus.
.- Yo preferiría mantener al auto oculto, pero bueno... total por acá jamás pasan ni los azules ni los verdes.- respondo y accedo al capricho, meintras el intro se termina de peinar.
Salimos en el auto faltando exactamente un minuto para el encuentro. Avanzamos lentamente para no hacer ruido. No hay movimiento en ninguna de las cuadras que recorremos. Llegamos a la plaza. Estaciono, nos bajamos y caminamos hacia el centro de la plaza, donde está el monumento de Manuel Belgrano. Del lado opuesto al que nosotros veníamos caminando, el hermoso Falcon plateado con techo negro, característico de ese grupo nos hace una seña lumínica. Inmediatamente se baja Miriam con tres hombres y se dirigen hacia nosotros. Mientras se acercan me prendo un cigarrillo y le ofrezco a Darío que se siente en uno de los bancos que rodean el torso del General.
.- ¿Tenían miedo de perderse que vienen en auto hasta acá? - pregunta ella riéndose.
Prefiero limitarme exclusivamente a escuchar, así que me quedo callado y dejo hablar al introvertido.
.- Hola Miriam. Vamos a hacer esto rápido. Te cuento lo que pasó ayer: fui a la casa de fin de semana del diputado fascista al que habíamos acordado "visitar". - Hasta ahí sabía yo. - Me metí por una esquina del jardín frontal al mediodía y esperé a que se subiera a su auto, a la noche, para volver a la ciudad. Cuando lo encendió, tiré la Molotov sobre el baúl y el auto estalló, pero no pude ver cómo explotaba, porque ya me estaba escapando del lugar. No creo que me hayan visto la cara, pero sí me vieron correr. - narra León. - Hay que planear un ataque ya, seguro que, si se salvó, está débil.
.- Así que no viste el resultado final... que pena, eh. ¿ Tenés alguna sugerencia de ataque? - pregunta la mujer, mientras los tres tipos me miran fijo a mí, que me estoy por terminar el cigarrillo y evito el contacto visual mirando a Brutus que observa con detenimiento cómo trabajan las hormigas.
.- Ya pensé en algo. Tenemos que estar todos para alcanzar el objetivo. No puede quedar nadie afuera. Vamos a necesitar armas y distracciones.
.- O sea que si no sale bien, no queda nadie que represente la útopica idea de libertad, igualdad y paz que nos ha movido hasta ahora. ¡Que inteligente, eh! - dice seria, pero con sarcasmo la representante del clan Ma.
.- Puede ser, pero si triunfamos, vamos a tener el poder completo de la provincia y así juntaremos adeptos y avanzaremos sobre nuevos terrenos, uniéndonos con todos los clanes locales. - contesta con ansiedad.
.- ¡Eso podría llevar a una guerra civil! - exclama la señorita y todos abrimos bien los ojos por la sorpresiva, pero lógica conclusión. - A nosotros no nos gusta todo lo que está pasando con los secuestros y asesinatos. Sabemos que cualquier turno es el nuestro... mejor actuar ahora que podemos. - agrega con toda seriedad posible y mi amigo sonríe. - Voy juntar a todos los que pueda, incluso trataré de unir clanes cercanos ideológica y geograficamente para este hecho. ¡Esto quedará para la historia! - dice a continuación.
.- Perfecto. Tenés dos días para juntar gente. En base a lo que tengas, diseño el modo de ataque a la mansión. Lo único que te puedo decir hasta ahora es que será un espectáculo invaluable. - promete el intro, lo que es muy raro viniendo de él, así como su demostración de optimismo. - En dos días exactamente, nos vemos en este mismo lugar.- agrega.
.- Así será.- dice la mujer y, a continuación, vuelve junto con sus acompañantes a su coche. Los miramos alejarse y Brutus se acerca.
.- Leopoldo, yo desaparezco por estos días. Esta vez voy a necesitar una entrada con protección, más que una escapatoria; preparate. - me dice León.
.- ¿Y yo qué hago? - pregunta Brutus.
Nadie contesta. Me decido y le digo que voy a necesitar ayuda con los preparativos que me tocan.
Sin una palabra más el intro se da vuelta y se aleja caminando rápido.
.- Vamos al auto y en casa te preparo unos fideos.
El grandote sonríe y sube al auto. Manejo igual que a la ida. Al llegar a la puerta, alguien nos espera, pero no distingo bien quién. Veo el cigarrillo ponerse naranja en su boca y lo reconozco. Estaciono y nos acercamos.
.- ¿Cómo sabías donde vivía? - pregunto, ya que jamás ha sido un punto de encuentro o de referencia.
.- Me indicó tu tío. - contesta el manso.
Entramos a mi casa, preparo la comida y cenamos. Al terminar de cenar le cuento al recién llegado lo que se habló en el encuentro con el clan Ma.
.- ¿Y nos deja incomunicados con él estos días? Algo no me cierra. ¿Para qué exponer a todos los nuestros? ¿Él piensa planear las cosas solo?.- pregunta.
.- La verdad es que ni pensé en eso. Le tengo plena confianza y no dudo de él. Brutus y yo tenemos algo para hacer mientras tanto. Vendría bien tu ayuda también...- le contesto y miro a Darío con la esperanza de que me apoye por lo menos con la mirada hacia Ignacio, pero come desaforadamente y no levanta la cabeza.
.- Gracias Lopo, pero mañana temprano me voy. Tengo ciertas cosas que pensar. Ya tendrás noticias mías.- dice el manso.
El resto de la "velada" transcurre en silencio. Yo voy a mi habitación, el manso tira un colchón que tengo guardado en el piso, al costado de mi cama y el gigante se queda dormido en el sofá. Apagamos las luces.
viernes, 18 de febrero de 2011
Mi viaje, mi tiempo
(04/2009)
El fin de semana pasado viví algo tan fantástico que realmente me cuesta explicarlo. Es más, ahora que lo pienso, seguramente sea difícil de creer, pero la verdad es que a mí me pasó.
Yo me tenía que tomar el tren desde la estación Retiro hasta la terminal Tigre, ubicadas en Buenos Aires, Argentina. Por lo tanto, me acerqué a la ventanilla de la boletería y compré el boleto requerido. Luego me acerqué al andén correspondiente al tren que debía tomar. Cuando me acercaba al tren el guarda gritó: “Sale el tren destino Júpiter”. Al oírlo, lo primero que pensé fue que me había confundido de andén, así que me acerqué a un vendedor de panchos que trabaja allí, con un carrito donde transporta lo que vende, y le pregunté si me hallaba en el lugar indicado para tomar el tren que me correspondía.”Sí, es este que está acá”. Por lo tanto, me decidí a entrar al vagón más cercano. En ese instante, el hombre de silbato y sombrero azul volvió a gritar: “Sale el tren destino Júpiter”. Sin dudarlo le pregunté a una señora que pasaba al lado mío que era lo que acababa de decir el señor.” Que sale el tren a Tigre, pibe”. Le agradecí y entré al vehículo y me senté a esperar que este emprendiera el viaje. A mi costado se sentó una chica que me preguntó si ese tren la llevaría a Tigre. Yo le contesté que pensaba que sí, pero que me había parecido escuchar al controlador de pasajes diciendo que el destino era Júpiter. Como ella me miró extrañada agregué: “aunque no conozco esa estación”, para que no creyera que le estaba tomando el pelo y lo considere simplemente un chiste. Sin embargo, no se rió ni un poco y me dijo que ella había oído lo mismo. Así empezamos a conversar.
Ella se llamaba Victoria y era alumna de la Universidad de Buenos Aires aunque no nació en la capital federal. Parecía una persona muy inquieta, inteligente y amigable. La charla se hizo tan extensa e interesante a través de anécdotas de hechos vividos en el Tigre que en un abrir y cerrar de ojos llegamos a la terminal. Nos bajamos del tren juntos y cuando nos acercamos al guarda gritón, que controlaba que los pasajeros tuvieran el boleto correspondiente, le dimos nuestros pasajes y nos miró fijo. “Ustedes no tienen boleto para esta estación, acá dice que su destino es Júpiter. Por favor regresen a la unidad y no se retiren hasta haber llegado a su estación”, nos dijo con tanta seriedad que daba miedo preguntarle si se trataba de una broma. Como no nos movimos, el señor nos acompañó hasta la puerta del vagón más cercano, entró y gritó nuevamente: “Próxima estación: Júpiter”. Las puertas del transporte se cerraron inmediatamente y mi nueva compañera de aventuras y yo nos miramos con cierto temor, dada la inexplicable situación. Sentimos que el tren comenzaba a elevarse sobre su misma posición así que miramos por las ventanas y vimos que el transporte seguía allí parado, sin embargo, nosotros ya estábamos unos 400 metros sobre él y nos seguíamos elevando; era como si estuviéramos en la versión fantasmagórica del vehículo que, además, había cambiado sus ruedas por turbinas. En un parpadeo estábamos atravesando el espacio exterior; la Tierra se veía cada vez más pequeña y las estrellas más grandes. Vicky miraba por la ventana de un lado del tren y yo del otro costado, mientras el guarda seguía parado pegado a la puerta por la que habíamos entrado y miraba su reloj, como si el viaje fuera algo habitual para él. “Ahí está Venus” le dije a mi compañera provocando que se acercara a mi ventana y, por lo tanto, me corrigiera: “No, ese es Marte, teóricamente el planeta que sigue, si uno se sigue alejando del sol es…”. Antes de terminar lo que estaba diciendo, ambos miramos al hombre uniformado que levantó la cabeza y dirigió su mirada hacia nosotros, se acercó sonriente y nos dijo con voz calmada y pacífica: “Todos los humanos tienen la oportunidad de tomar este tren, algunos prefieren no subirse, porque temen a lo que desconocen, otros ni se enteran de su existencia y hay quienes creen que su tiempo es más valioso usándolo en otras cosas. Dado que esto último es universal, el chofer decidió que el viaje le sea ofrecido sólo una vez a cada persona y de a dos personas a la vez, para que el silencio sea más presente y el tiempo esté ausente. Una vez que desciendan, tendrán unos minutos libres para ver la estación, pero no se alejen mucho, porque el móvil de regreso, que los lleva directamente a Retiro, sale diez minutos después de que nosotros arribemos y en caso de no tomarlo…”. El señor se detuvo y retomó su ubicación al lado de la salida. El transporte dejó de moverse y las puertas se abrieron. “Terminal: Júpiter”, gritó el uniformado como si hubiera muchos pasajeros más y no hubiese hablado con nosotros dos. Vicky y yo sin hablar desde que habíamos salido de Tigre, caminamos juntos hacia fuera. No había absolutamente nada. Era como un desierto total en el que solo se encontraban el tren y una diminuta cabaña de piedra en la que solo había sanitarios.
Al bajarnos, el tren se esfumó sin hacer un mínimo ruido. La estudiante y yo caminamos justos cerca de la casita con mucha dificultad, dado que el viento y el frío apenas nos permitían movernos: mientras ella observaba la geografía, yo miraba hacia el espacio exterior cuyas estrellas nos iluminaban. A pesar del interés que teníamos en conocer la naturaleza y de mirar las 18 lunas que había en el planeta, no pudimos resistirnos y nos metimos en la casita que tenía una sola ventana muy pequeña que encontraba en el baño masculino, bajo un reloj de pared, así que juntos fuimos a observar.
“¿Y lo que nos lleva de regreso a Retiro?”. Hicimos una pausa y miramos el reloj que colgaba. Por suerte en mi boleto figuraba el horario de llegada a destino, así que pudimos orientarnos con el tiempo que llevábamos en ese planeta que ya eran ocho minutos y medio. Sin embargo, no hallábamos ninguna explicación respecto de nuestro regreso. Le propuse a Vicky que fuera al baño de damas, a fijarse si encontraba algo al respecto. “Acá no hay nada”, me gritó desde allí. El tiempo se agotaba así que, para no perder las esperanzas propuse algo que le grité desde el sanitario de caballeros: “Apretemos en botón de la cadena simultáneamente a ver si funciona”. No se movió nada ni hubo ningún ruido extraño así que le grité para repetir el proceso, porque sospeché que lo habíamos intentado mal. Esta vez salió agua y hubo un ruido igual al que hacen los inodoros en nuestro planeta, pero nada más cambió, así que le pregunté a Vicky qué fue lo que ella experimentó y no me contestó. Asustado abrí la puerta del baño y me encontré con una cola de hombres que esperaban su turno. Busqué el sanitario de damas y no lo encontré, así que tampoco pude ubicar a mi compañera. Sin embargo, y sorprevisamente, en la cola para usar en tocador masculino estaba el señor gritón de sombrero azul, uniformado y con silbato. Me acerqué y le pregunté adónde eran transportadas las mujeres al regresar de Júpiter. “¿Estás borracho pibe? ¿Regresar de Júpiter? Preguntale a Superman dónde las deja”. Decepcionado me fui de Retiro.
lunes, 12 de julio de 2010
En busca de la pureza
domingo, 25 de octubre de 2009
Ni mejores, ni peores; diferentes
Un hombre le dice a su novia:* Cariño ¿me seguirás queriendo después de casados?* Claro siempre me han gustado los casados.
¿Y después se quejan porque dicen que un hombre que anda con muchas mujeres es felicitado y una mujer que anda con muchos hombres es mal vista? Estos chistes, tomados de internet, de una página de chistes feministas, les juega un poco en contra con eso. Sin embargo, creo que hay muchas cosas que les juegan a favor, a pesar de que muchos hombres no lo reconozcan. ¡Ahí está precisamente el problema! Hombres que no reconocen que la mujer no es ni inferior ni superior. Sin embargo, tampoco los podemos culpar así nomás; históricamente se sabe que el género femenino no tenía los mismos derechos que su opuesto. Pero con el correr del tiempo, cada vez más hombres fueron dándose cuenta de cuán necesarias nos son y de que en muchas áreas pueden hacer lo mismo ambos sexos.
Mas hemos de tener en cuenta que hay una superioridad en el aspecto físico. Hace poco iba caminando a la estación de tren con una amiga dos años mayor que yo. Al ver que llegábamos justos con el tiempo para tomar el tren ella empezó a correr sin decirme nada. No tardé en alcanzarla y no me costó hacerlo y cuando le pregunté por qué no me había avisado antes de empezar a correr, me dijo que era porque ya sabía que lo la alcanzaría a los pocos metros. Luego de dos agitadas cuadras, llegamos a la estación y pudimos tomar el tren. Nos sentamos y ella, disimuladamente, empezó a elongar; sentada y con las piernas estiradas, se llegaba a agarrar las puntas de sus pies con las muñecas. Intenté imitarla, pero con mis manos solo llegaba a desatarme los cordones de mis zapatillas.
No hay que generalizar, porque hay mujeres entrenadas que pueden superar a un hombre abruptamente en cualquier destreza y a la inversa. Sin embargo, bajo igualdad de condiciones, hay una leve superioridad física del hombre para hacer algunas cosas y de la mujer para otras.
Hablando ya de lo intelectual, se complica el asunto. Hay muchos hombres que creen que porque los mejores chefs (cocineros) o médicos cirujanos del mundo son de su mismo género, este es superior en ese aspecto. Pero ninguno piensa en las dificultades que tienen las mujeres para ser contratadas, es decir, no se les da ni oportunidad. Lo que demuestra también, cierto temor a reconocer que pueden hacer lo mismo. ¡Ey, reaccionen caballeros! No es una derrota permitir al género opuesto hacer lo mismo, es una conquista para Ellas y una gran demostración de avances de inteligencia para Ellos.
A no desanimarse mujer, que el hombre cada vez tiene más presente que Eva “salió de la costilla del hombre, no de los pies para ser pisoteada, ni de la cabeza para ser superior, sino del lado para ser igual. Debajo del brazo para ser protegida y al lado del corazón para ser amada”.
(Fuente: www.encontrarse.com)
domingo, 16 de agosto de 2009
Viaje a mí
- Bueno, si usted no quiere abonar la multa por mal estacionamiento, consígase un buen abogado y hágale un juicio al gobierno de la municipalidad- continuó el hombre con voz tranquila y con una sonrisa en su rostro.
No me gustó nada lo que me dijo el intimidante señor que controlaba el pago de las infracciones notificadas. Yo no estaba de acuerdo, pero no sabía qué argumentos me podían ayudar a defenderme, así que finalmente tuve que pagar la exagerada multa de tránsito. Ahí me di cuenta de que algo no andaba bien en mí. ¿Habré perdido mi capacidad, a lo largo de los años, para mantener una discusión? Cuando yo era tan solo un niño, podía discutir durante largos ratos y sosteniendo siempre cierta lógica. Esto pasaba sobre todo en las comidas familiares por cumpleaños o festividades de otro tipo y nunca con alguien de mi edad; yo discutía con mi tía, 39 años mayor que yo, mientras que el resto de los comensales ponían atención a la persistencia del pequeño infante de aquel entonces que argumentaba sin parar y sorprendía cada vez que hablaba.
Este recuerdo nostálgico me hizo reflexionar y preguntarme qué fue lo que me pasó en cuanto a esa habilidad. Por eso, fui a visitar a Lucía, mi psicopedagoga de esa época para ver si juntos podíamos descubrirlo. Ella no me pudo ayudar mucho pero me hizo una recomendación que interesó mucho.
- Mirá, Pablito, yo te aconsejo que conozcas gente nueva a ver si conversando con alguien eso, que extrañás, se vuelve a activar, porque es imposible que te hayas olvidado de cómo hacerlo, simplemente en algún momento de tu vida decidiste que esa capacidad no era necesaria y la encerraste en una cajita adentro de tu cabeza- me dijo con tanta sabiduría que me provocaba envidia.
- ¿Hay alguna región geográfica por la que me recomiendes empezar? Porque el mundo es muy amplio y las personas varían según su ubicación geográfica, la mayoría de las veces- agregué intentando demostrar un grano de conocimiento.
- Hace poco un colega amigo mío de la facultad me contó que India es tierra sabios. Si tu situación económica lo puede soportar, lo mejor sería pasar por allá y con eso debería alcanzar para tu objetivo aunque estoy comenzando a pensar que se acaba de sumar uno nuevo, ¿cierto?- preguntó como si supiese más de mí que yo mismo.
- La verdad que-admití – que me gustaría ser un poco más sabio e incorporar cuanto conocimiento me sea posible, así que, si encuentro a algún gran conocedor me gustaría poder aprender de él.
Nuestra charla terminó ahí por la interrupción de un llamado telefónico de un paciente de Lucía. Al finalizar este le agradecí su consejo y fui, sintiéndome conforme, a mi casa ubicada en Vicente López, un lindo barrio poblado, en su mayoría, por una clase media económica y culturalmente.
Lo primero que hice fue hacer los cálculos económicos que el viaje, que en breve iniciaría, me demandaría. También me costó decidirme para qué época del año debería planearlo, porque faltaban dos meses aún para las vacaciones. Sin embargo, en el Museo Naturalógico, donde trabajo hasta hoy en día, obtuve el único permiso que me interesaba tener, para irme un mes sin goce de sueldo.
Una semana más tarde, armé mis valijas, avisé a mis principales amistades y familiares que me ausentaría por un tiempo sin dar más detalles y me subí al avión que me trasladaría desde la capital de Argentina hasta Nueva Delhi, la capital federal de “la tierra de los sabios”.
Durante el vuelo se sentó al lado mío una mujer que aparentaba una edad bastante mayor a la mía que no dejaba de observar por la ventana aunque todo lo que se viese fueran kilómetros de océano, lo que me generó cierta curiosidad, así que inicié una breve conversación que, por suerte, pudo continuar en español.
- Hola, me llamo Pablo y soy de Buenos Aires.
- Maya, de Nueva Delhi, pero con padres y hermana en la provincia argentina de Salta- dijo la mujer mientras extendía su mano para saludarme.
Yo sabía que ese era un nombre hindú y que todos aquellos de ese origen eran portadores de interesantes significados así que le pregunté qué significaba el suyo.
- Quiere decir: “poder de crear”. Pero usted, joven porteño, no me está hablando para saber eso, ¿no es cierto?- preguntó la señora riéndose.
- La verdad es que no pensé que usted pudiera analizar tanto una conversación- contesté con una sonrisa-, pero es cierto. Yo quería saber por qué usted observaba el océano de manera constante, dado que yo no encuentro muchas diferencias en kilómetros de una misma agua.
- Eso puede ser porque usted no las busca, porque prefiere mirar otras cosas, porque tal vez busca algo donde sabe que no lo va a encontrar o, porque lo encuentra con tanta frecuencia que no se da cuenta de qué es lo está buscando a la hora de hacerlo.
Parecía que había encontrado a la persona que me guiaría por el sendero de la sabiduría y el conocimiento. Sin embargo, mi pregunta seguía sin ser contestada así que se la repetí.
- No busco ni observo nada en particular, me quedé pensando en mi hija Ashaali, cuyo nombre significa “esperanza”- agregó la anciana riéndose- mientras miraba el océano, porque, cuando usted se sentó a mi lado, noté que su edad coincidía con la de ella y comencé a recordarla. Sin embargo, vi cosas aunque no las tuve que buscar; nubes, un barco, aves…-la señora dejó de hablar y se quedó mirándome sonriente.
Sonreí yo también y, por temor a seguir demostrando mis ingenuidades, decidí aprovechar el resto del viaje para dormir. La mujer lo notó así que me dijo le gustaría continuar nuestra conversación en otro momento. Así fue. A las seis horas transcurridas desde la interrupción de nuestra charla, la anciana me despertó.
- Discúlpeme joven, pero le quiero mostrar algo que me parece que le podría interesar- dijo introduciéndome una curiosidad que me despertó inmediatamente. A continuación, me señaló la ventana a través de la que se veía un lago en medio de un desierto de arena. Una vez que me acerqué, prosiguió con el misterio - Ahora estamos a sesenta minutos de Nueva Delhi. Yo le recomiendo que visite las no muy extensas profundidades de aquel lago, justo en el centro. Una antigua leyenda, extinguida desde hace cien años, cuenta que allí vive un sabio al que un visitante sólo se puede acercar teniendo una necesidad relevante. De ser así las aguas habrían de iluminar el camino hacia el hombre. En caso contrario, la oscuridad sería total. Nosotros, los hindúes, no podemos realizar este viaje, dado que ello sería poner a prueba la leyenda establecida por la antigua sociedad – se hizo una pausa y ella continuó - eso sí, cuando regrese, pase por mi casa que me encantaría recibirlo.
Seguimos hablando unos minutos más acerca de cómo llegar a ese lugar y qué era lo que requeriría tal exploración, hasta que bajamos del avión y cada uno se por su lado para atravesar el sector de migraciones.
Al salir del aeropuerto, me dirigí hacia la casa de turismo más cercana para preguntar acerca del lago que había visto desde el avión. Me sorprendió que me dijeran que no tenían ningún lago registrado, pero, en vez de intentar repetidamente que me hablen del tema, mi agotamiento me impulsó a preguntar por el hostel más alejado de la ciudad en dirección hacia el charco. Averigüé qué medio sería el mejor para llegar hasta allí, pero decidí alquilar una motocicleta para la travesía que realizaría el día siguiente. Al llegar al hospedaje, ya era de noche, así que aproveché para cenar y planear mi recorrido en un mapa que me habían obsequiado al terminar el acto migratorio. Curiosamente allí tampoco se distinguía ningún círculo acuático por la zona que yo transitaría la mañana siguiente, así que, luego de comer, me acerqué a la recepción para pedir un desayuno exclusivo por el horario al que me levantaría y a preguntar en idioma británico acerca del oasis y los empleados me dijeron que no había ningún error en el dibujo cartográfico y que en todo caso le preguntara a un mozo en especial, que era el que más tiempo llevaba viviendo en la zona. Me acerqué al empleado comunicándome en inglés y este se quedó muy sorprendido con lo que le pregunté.
- ¿¡Cómo puede ser que una persona joven sepa acerca del fondo del lago!? Encima proveniente de otro país- dijo el señor con una seriedad que me recordaba al hombre que me provocó la necesidad de emprender este viaje.
- Discúlpeme- dije seguido de un gesto facial de humildad- si lo he ofendido, pero me parece que no lo he hecho y que, sin embargo, usted está siendo bastante descortés con un huésped del hotel para el que usted trabaja. Le comento que este lugar me fue señalado por una anciana hindú mientras sobrevolábamos el país- agregué con cierto disgusto.
- Ah, ya me parecía bastante imposible que usted supiera del tema por su propio actuar. Ahora – continuó- si ha sido una compatriota quien lo ha impulsado, por algo lo habrá hecho, así que con gusto le daré las indicaciones para llegar hasta allí, del mismo modo que me fueron dadas a mi cuando tenía su edad y buscaba respuestas, que por cierto, no fueron contestadas y aún me pregunto cómo puede ser que haya personas como usted que creen que en lo profundo de ese lago viva un sabio.
El mozo terminó de hablar y yo me quedé bastante sorprendido por todo lo que acababa de escuchar. ¿Podría ser que no hubiera realmente un sabio en el fondo del misterioso lago? ¿Habría yo de presentar más necesidad por una respuesta que aquel hombre decepcionado? ¿Hallaría el lugar indicado en el oasis en cuestión? No me quedaba más que experimentar. El hombre se sentó en una de las mesas para los huéspedes ya vacía y me dibujó en el mapa el recorrido que debía hacer y por donde suponía que debía buscar una vez bajo el agua. Le agradecí con una merecida propina, me fui a mi habitación, me higienicé, armé mi mochila con el equipaje recomendado por Maya, la señora del avión y me acosté dejando todo listo para que el despertador hiciera su trabajo a las seis horas del día contiguo.
Las ansias por hacer la travesía eran tantas que, así como me costó dormirme, me desperté cinco minutos antes de que el reloj sonara. Sin embargo, me quedé acostado esperando a que eso sucediera. Luego me levanté a higienizarme nuevamente, tomé mi bolso y lo llevé conmigo a la mesa del desayuno preparado en una mesa para mí de manera exclusiva con muchas frutas de varios colores y algunas deliciosas ensaladas cuyos ingredientes me eran desconocidos.
Habiendo desayunado y llevando mis cosas, salí a la puerta del hotel donde mi vehículo estaba como yo lo había dejado. Tardé un rato en encenderlo, lo que me asustó al principio, pero luego no importó; media hora de retraso no podría ser muy grave, dado que una hora en avión serían como máximo cinco en motocicleta, por lo que llegaría al oasis con suficiente luminosidad.
Finalmente emprendí viaje con casco, antiparras y el mapa en un bolsillo fácilmente accesible a mi mano derecha.
Dado que había varios montes de arena, tuve que desviarme en varias ocasiones. Por suerte, la brújula que lleva colgando de mi cuello, bajo la recomendación del empleado del hotel y de mi compañera de avión, me ayudó a retomar la dirección correcta en todas aquellas oportunidades en las que el terreno me obligara a buscar caminos alternativos. Por cierto, no había senderos; yo marcaba mi camino en base a la geografía del lugar y buscando lo menos dañino para mi transporte.
No tuve grandes inconvenientes en el viaje. Sufrí de algunos retrasos y a las cuatro horas de haber partido en búsqueda del sabio, hice una parada para comer, nuevamente siguiendo las instrucciones de la mujer hindú. Luego seguí viajando unas tres horas más, hasta que la luz del sol me empezó a brillar en la cara. Esto se debía a que se reflejaba en el agua, como si esta fuera un espejo.
- ¡Por fin! ¡Vamos que se puede!- grité detenido a orillas del oasis, dándome ánimo para enfrentar el momento que seguramente sería el más difícil de toda mi vida. Se trataba de un lago de aproximadamente trescientos metros de diámetro.
Apagué el motor de la motocicleta, saqué de mi mochila el traje de buzo y el pequeño tanque de oxígeno y miré el mapa una vez más para confirmar que me encontraba en las coordenadas correctas. Tomé un poco de agua, miré mi reloj que marcaba las quince horas y treinta minutos e hice una pequeña relajación para concentrarme en mi necesidad de manera que el camino me fuera señalado en lo profundo, como decía el mito. En ese momento no paré de pensar en lo que le había pasado al mozo: él llegó hasta aquí, pero no le fue señalado ningún sendero en el fondo del charco, porque no presentó adecuadamente su necesidad o porque esta no era realmente significativa para él.
Intenté meterme caminando, pero la caída era demasiado empinada, así que me empecé a nadar hacia abajo acompañado por la luz del sol, que se iba debilitando cada vez más rápido. Una vez que descendí aproximadamente los ocho metros que me había indicado el hombre del hostel, intenté mantenerme allí, justo en el centro del lago concentrándome. Pasaron cincuenta minutos muy decepcionantes, hasta que decidí subir a la superficie a descansar, dado que mi estado físico no me permitía permanecer más tiempo en movimiento.
Una vez en la superficie me relajé nuevamente bajo los cálidos y suaves rayos del sol y sin una ráfaga de viento que generara molestias. Cambié el tanque de oxígeno y a la hora de haber ascendido, volví a introducirme en el agua y a mantenerme en el mismo lugar que antes. Como mis esperanzas decaían cada vez más se me ocurrió intentar hacer algo de investigación. Miré el vacío al mi alrededor en busca de alguna particularidad hasta que recordé mi conversación del avión.
“Tengo que buscar convencido de que quiero encontrar y de que sé claramente qué estoy necesitando”- pensé.
Bajé cuatro metros más de profundidad y vi un gusano de color verde fluorescente que apareció como si se encendiera al registrar cualquier movimiento. Inmediatamente, y tratando de controlarme para no estropear el momento, me acerqué a mirarlo de cerca a través de mis antiparras. El extraño insecto comenzó a alejarse de mí hacia lo profundo, esperando que yo me acercara de manera que entendí que quería que lo siguiera. Mi cuerpo solo me permitió bajar unos pocos metros más. Desde esa posición vi como mi guía desaparecía en la oscuridad de lo profundo. Al mismo tiempo noté que una luz blanca venía en sentido opuesto hacia mí. Se detuvo a un metro mío e intenté atraparla con mis manos. Se trataba de un sobre que contenía algo sólido y rectangular dentro suyo.
Comencé a sentir que ya tenía lo que había venido a buscar y que no debería esperar nada más de ese lugar, así que salí del lago para saber de qué se trataba mi nueva adquisición. Sin embargo, el hecho de que ya estaba anocheciendo y que yo seguía en el desierto me impulsó a guardar el sobre y subirme a la motocicleta así como estaba vestido, para emprender mi regreso a la casa de hospedaje. La vuelta fue más fácil, porque sólo debía seguir las huellas que había dejado a la ida. Además, el leve viento que se había levantado se movía en el mismo sentido que yo.
Ya completamente de noche, llegué al hostel en las afueras de Nueva Delhi; justo como lo había hecho la primera vez. Me bajé de mi vehículo y me dirigí a la recepción a pedir la llave de mi habitación. Tan pronto como el conserje me la entregó, quise ir a mi cuarto a abrir el paquete, pero el mozo que me con quien yo había discutido me escuchó hablar y se acercó al mostrador antes de que pudiera retirarme.
- ¿Y? ¿Usted sí ha encontrado respuestas? – preguntó en inglés con tono burlón.
- Aún no, pero no tengo pensado rendirme hasta lograrlo – contesté en mismo idioma, con poca seriedad y en el mismo tono que la pregunta.
- ¿Ah, sí? ¿Piensa usted volver a ir a nadar un rato? – continuó riéndose.
- No, pero si decidiera hacerlo, le avisaría para que viniera conmigo y tuviera la posibilidad de experimentar lo que yo pasé, que podría convertirlo en palabras diciendo: “persevera y triunfarás” – dije riéndome mientras observaba como le cambiaban los gestos faciales a mi interlocutor que se iba poniendo cada vez más serio.- Ahora, si me disculpa, quisiera ir a mi habitación a prepararme para la cena – agregué antes de retirarme.
Una vez en mi sector privado, saqué el sobre de mi bolso y lo abrí. Adentro había un espejo de veinticinco centímetros de alto y doce de ancho y unas frases en el idioma local que yo no lograba entender. Dejé todo en el piso y fui al comedor. Dado el horario yo era el único comensal. Me atendió directamente el recepcionista, porque había notado que existía cierta tensión entre quien se encargaba realmente de esa labor y yo, así que cené con mucha tranquilidad. Al terminar fui a mi dormitorio a preparar mis cosas para ir al día siguiente a visitar a Maya, como habíamos quedado. Además, seguramente me ayudaría a descifrar qué significaban las frases que estaban en el paquete junto con el espejo.
A la mañana siguiente desayuné junto con otros huéspedes y me atendió nuevamente el muchacho de la recepción. Después, pagué la cuenta correspondiente y me fui en mi motocicleta y sin percances, camino a lo de la anciana, que vivía en las afueras de la capital hindú, pero del lado opuesto al que yo había visitado. Fui sin parar y llegué ese mismo día a su casa siguiendo las instrucciones que me había detallado en el avión durante el vuelo.
Se trataba de una gran casa con una granja rodeada de campo. Había muchos animales y algunos niños correteando por allí. Cuando me acercaba lentamente a la entrada de la estancia, una mujer de mi edad aproximadamente, muy bella y sonriente hizo que, al mirarla, me metiera en un pozo con la rueda delantera de mi motocicleta haciéndome saltar hacia adelante, desprendiéndome del vehículo que ahí mismo se inclinó apenas hacia un costado, dado que los bolsos ubicados a ambos lado evitaron que cayera del todo. Me levanté avergonzado rápidamente mientras la chica se me acercaba a ayudarme. La verdad es que me dolía todo el cuerpo ante semejante golpe, pero preferí disimular.
- Hola. ¿Aquí vive Maya? - pregunté en inglés, antes de que me dijera cualquier cosa respecto a lo que acababa de verme hacer.
- ¡Mamá! – gritó ella en español luego de asentir.
La señora salió de la casa y se acercó hacia donde estábamos parados nosotros dos. A todo esto yo no podía dejar de sonreír y trataba de no mirar a los ojos a la bella señorita por la vergüenza que sentía.
- Hola, joven. Espero que haya venido con cosas para contar…- dijo.
- Sino no estuviera aquí, ¿cierto?- le contesté sonriendo.
Ella se rió y continuó.
- Veo que ya conoció a mi hija Ashaali…
- Que significa esperanza – continué la frase.
La joven se ruborizó. A continuación, la su madre hizo un gesto que indicaba que nos metiéramos los tres en su casa. Así fue. Allí saqué el sobre y se lo mostré. Ella miró ambas partes y me las explicó muy brevemente.
- El espejo, muestra un reflejo. Si uno busca algo que está dentro suyo, pero no lo encuentra, un reflejo de uno mismo puede brindar pistas – dijo la señora mientras sonreía. – Hay más sobre esto, pero usted debe descubrirlo. En cuanto a las frases… Mi hija las traducirá, pero usted deberá interpretarlas. Yo debo irme, pero me gustaría que usted se quedara con nosotros un tiempo. – Al decir eso, se levantó y quedamos los jóvenes solos.
- Mirá – me dijo ella con confianza mirándome a los ojos – aquí hay una sola frase y es: “A veces uno busca algo creyendo saber porqué y para qué, pero cuando lo encuentra no sabe cómo usarlo ni para qué lo tiene, porque no lo encontró adentro suyo, es decir, cuando alguien necesita encontrar algo que no recuerda cuándo lo perdió ni la causa de ello, el mejor lugar para encontrarlo es adentro suyo, no en los demás.” - La muchacha terminó de leer y me miró. En ese momento no supe qué pensar, más que en cambiar mi entorno por lo menos temporalmente, a ver si allí podría encontrarme a mí mismo, porque la verdad es que, recién cuando uno se siente bien consigo y sabe quién es realmente, está apto para mantener una relación con quienes lo rodean.
A continuación le pedí a Ashaali que me dejara sólo, con una hoja y un bolígrafo porque tenía una carta que escribir:
Nueva Delhi, India
Sábado 14 de febrero
Papá, Mamá, amigos:
He decidido retirarme de sus vidas, pero no se asusten, me refiero físicamente. Estoy en la India en una casa de familia en la que hablan español. Hay una anciana bastante sabia, que conocí en el avión y que vive con su hija menor, que tiene mi edad. Creo que me puedo llegar a llevar muy bien con ella.
El punto es que quiero continuar por el sendero del conocimiento y la sabiduría. No es que no pueda hacerlo allá, en Buenos Aires con ustedes, es que aquí me siento más cómodo para hacerlo a mi manera bajo las condiciones y limitaciones que me imponen la naturaleza y yo mismo.
Espero que entiendan que necesito alejarme de lo cotidiano y monótono para poder construirme con mis herramientas y que no se preocupen por mí.
Nos mantendremos en contacto ante cualquier novedad.
Les mando un abrazo desde “la tierra de los sabios”,
Pablito.
viernes, 10 de julio de 2009
Mi diario
“ A veces uno sólo ve su reflejo en un espejo, a veces lo ve también en otras personas, sin embargo, todos se preguntan cómo marcar la diferencia y la verdad es que depende de cada uno; cuando un conocimiento se impone ante otro se genera una variación en el reflejo y en lo que uno ve reflejado, pero, en definitiva, mientras cada uno cree que hace su propio reflejo no se da cuenta de que, en realidad, éste es creado y condicionado por quienes lo rodean que a su vez varían todo el tiempo, porque personas que lo rodean, como uno, al intentar diferenciarse o distinguirse imponen un reflejo que provoca una personalidad.”
“A veces uno busca algo creyendo saber porqué y para qué, pero cuando lo encuentra no sabe cómo usarlo, porque no lo encontró adentro suyo, es decir, cuando alguien necesita encontrar algo que no recuerda cuándo ni la causa de haberlo perdido, el mejor lugar para encontrarlo es adentro suyo, no en los demás”
Inicio del borrador que se convertirá en cuento de ficción:
- ¿Cómo? ¿150? ¡Pero esto es un robo!
- Bueno, si usted no quiere abonar la multa por mal estacionamiento, consígase un buen abogado y hágale un juicio al gobierno de la municipalidad- continuó el hombre con voz tranquila y con una sonrisa en su rostro.
No me gustó nada lo que me dijo el intimidante señor que controlaba el pago de las infracciones notificadas. Yo no estaba de acuerdo, pero no sabía qué argumentos me podían ayudar a defenderme, así que finalmente tuve que pagar la exagerada multa tránsito. Ahí me di cuenta de que algo no andaba bien en mí. ¿Habré perdido mi capacidad, a lo largo de los años, para mantener una discusión? Cuando yo era tan solo un niño, podía discutir durante largos ratos y manteniendo siempre cierta lógica. Esto pasaba sobre todo en las comidas familiares por cumpleaños o festividades de otro tipo y nunca con alguien de mi edad; yo discutía con mi tía, 39 años mayor que yo, mientras que el resto de los comensales ponían atención a la persistencia del pequeño infante de aquel entonces que argumentaba sin parar y sorprendía cada vez que hablaba.
Este recuerdo nostálgico me hizo reflexionar y preguntarme qué fue lo que me pasó en cuanto a ese talento. Por eso, fui a visitar a Lucía, mi psicopedagoga de esa época para ver si juntos podíamos descubrirlo. Ella no me pudo ayudar mucho pero hizo una recomendación que interesó mucho.
- Mirá, Pablito, yo te aconsejo que conozcas gente nueva a ver si conversando con alguien eso que extrañás se vuelva a activar, porque es imposible que te hayas olvidado de cómo hacerlo, simplemente en algún momento de tu vida decidiste que esa capacidad no era necesaria y la encerraste en una cajita adentro de tu cabeza- me dijo con tanta sabiduría que me provocaba envidia.
- ¿Hay alguna región geográfica por la que me recomiendes empezar? Porque el mundo es muy amplio y las personas varían según su ubicación geográfica, la mayoría de las veces- agregué intentando demostrar un grano de conocimiento.
Nota 3
Aún estoy leyendo el libro a parte que hay que leer. Me parece que no llego a terminarlo con tiempo suficiente como para empezar a escribir, dado que además del tiempo para la producción de mi trabajo, necesito para rendir 2 exámenes. Igualmente no lo pienso dejar inconcluso, pero no lo puedo terminar ahora, porque no llego!
Es tiempo de poner manos a la obra.
Nota 2
Finalmente elegí un texto dentro de los Territorios; El reposo de los héroes de Julio Ramos (Territorio de Guerra). Igualmente, no me quedó muy clara la relación que hay entre el atractivo título (yo me imaginaba algo más como un guerrero en un Spa con jacuzzi con una botella de Champain) y el contenido del texto. Sin embargo, ya se me dispararon las ideas principales de mi obra.
Poco a poco voy marcando mi sendero.
Nota 1
Bueno, es tiempo de empezar… desde la última clase hasta ahora estuve leyendo textos de los territorios buscando alguno que me interese mas que otro, la verdad que no sé porqué esto me lleva tanto tiempo.
Leí varios textos, pero aún no me decido. El que más me había gustado inicialmente era “La Argentina ya no toma mate”, del Territorio de Misiones, pero la manera en la que pensé el viaje de mi trabajo no se relacionaría mucho con ese texto.
Basta de indecisiones… tengo que elegir ya y empezar con la escritura.


