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A ver hasta dónde llegás

Al verlo me desplomé. No aguanté el mejunje de emociones eruptivas mezcladas y tuve que llorar. Puse una mano en mi cintura y la otra sobre mis ojos tratando de que no se notara lo latente e inevitable. Sentí dentro mío un fuego potente como el que produce el arranque de un cohete y demoré en explicitarlo. Incluso los gestos faciales fueron más fuertes que mi resistencia de introvertido. Se me transformó la cara. Repetía en mi mente que no lo podía creer. Pero ahí estaba. Ya era el momento de recibir el cambio. No pensaba que fuera a ser así de fuerte para mí y lo cierto es que el efecto sorpresa sumó envión para que me impacte de manera inatajable. Si me hubiera preparado previamente imagino que también me habría quedado atónito pero capaz un poco menos sensibilizado. Hacía tiempo que no soltaba lágrimas por este tipo de motivos y emociones y mucho más había pasado desde mi último sollozo. No suelo ser nada dramático pero no todos los días tu mujer se come todo el helado sin avisarte...

El Perro

El perro cruza la calle. Pareciera como si no mirase a los lados, ni lo hubiese hecho. Pero todos sabemos que lo hizo y lo hace. Es su instinto. Tal vez él ni lo note y lo haga inconscientemente; nosotros solo lo vemos cruzar y rogamos que no se detenga. Por suerte llega al otro lado, a salvo. Pero esa es solo una calle. Hay muchas más para cruzar. Pobre perro, que parece andar sin rumbo fijo. Pareciera ser que la panza le fuera pesada de la dificultad con la que se mueve. Le teme a los coches y a los ruidos fuertes, pero no se puede esconder; no hay donde. Solo le queda huir. No puedo sejar de mirarlo. Ni los gritos de "¡frená flaco!" de la gente de la calle, me hacen retomar la mirada en el camino. ABR11

Un día más

Tuviste un día bueno. Tuviste un día malo. Tuviste un día que empezó bien y se fue poniendo cada vez peor o al revés. Tuviste un día. Te levantaste temprano e hiciste todo corriendo en casa para salir apurado a caminar las 12 cuadras que de separan de la estación de tren y en eso te olvidaste, digamos, de peinarte, algo no esencial. En la boletería, a la que llegaste transpirado, te dijeron que pases sin boleto. Creíste que estaba bien pero como el tren no vino a horario te acercaste nuevamente a preguntar. Te dijeron que la unidad que te tenías que tomar estaba cancelada. Ni agradeciste por la información. Enojado, traspirado y con frío a la vez caminaste otras 12 cuadras hasta la avenida más cercana para tomar el colectivo. Te subiste a los empujones, acompañado de los demás desafortunados. Cuando fuiste a pagar, el sistema no anduvo. No miraste bien la pantalla como para saber por qué, pero el chófer lo notó y te invitó a intentarlo nuevamente. “Saldo insuficiente”, clar...