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La torre para la princesa

Había una vez un joven muchacho, fuerte audaz y pobre. Vivía recorriendo el mundo comiendo lo que cazaba o la gente le donaba. Un día llegó a la entrada de una ciudad amurallada. Era mucho más grande que todos los pueblos con los que se había topado desde que, a los 12 años, comenzó su recorrido, cargando la tristeza de ver a sus padres convertidos en esclavos, privados de toda libertad. Un guardia que vigilaba la entrada se le paró enfrente impidiéndole el paso. Él intentó esquivarlo y este se lo impidió y le dijo que en esa ciudad no era bienvenido. Fredlick preguntó cómo era eso posible si era un desconocido. El vigía le contestó que ese era el motivo, como no era nativo de ese lugar o familiar de alguien que lo estuviera esperando en la entrada no podía pasar. El joven insistió que solo pasaría un rato dentro y al irse el sol, se retiraría él también. El hombre armado le dijo que no podía correr ese riesgo, porque de ello dependía su función y que si daba un paso más lo llevar...

Mi viaje, mi tiempo

El fin de semana pasado viví algo tan fantástico que realmente me cuesta explicarlo. Es más, ahora que lo pienso, seguramente sea difícil de creer, pero la verdad es que a mí me pasó. Yo me tenía que tomar el tren desde la estación Retiro hasta la terminal Tigre, ubicadas en Buenos Aires, Argentina. Por lo tanto, me acerqué a la ventanilla de la boletería y compré el boleto requerido. Luego me acerqué al andén correspondiente al tren que debía tomar. Cuando me acercaba al tren el guarda gritó: “Sale el tren destino Júpiter”. Al oírlo, lo primero que pensé fue que me había confundido de andén, así que me acerqué a un vendedor de panchos que trabaja allí, con un carrito donde transporta lo que vende, y le pregunté si me hallaba en el lugar indicado para tomar el tren que me correspondía.”Sí, es este que está acá”. Por lo tanto, me decidí a entrar al vagón más cercano. En ese instante, el hombre de silbato y sombrero azul volvió a gritar: “Sale el tren destino Júpiter”. Sin dudarlo le ...

Viaje a mí

- Son 150 pesos- dijo el señor con voz grave y mirándome fijamente. - ¿Cómo? ¿150? ¡Pero esto es un robo! - Bueno, si usted no quiere abonar la multa por mal estacionamiento, consígase un buen abogado y hágale un juicio al gobierno de la municipalidad- continuó el hombre con voz tranquila y con una sonrisa en su rostro. No me gustó nada lo que me dijo el intimidante señor que controlaba el pago de las infracciones notificadas. Yo no estaba de acuerdo, pero no sabía qué argumentos me podían ayudar a defenderme, así que finalmente tuve que pagar la exagerada multa de tránsito. Ahí me di cuenta de que algo no andaba bien en mí. ¿Habré perdido mi capacidad, a lo largo de los años, para mantener una discusión? Cuando yo era tan solo un niño, podía discutir durante largos ratos y sosteniendo siempre cierta lógica. Esto pasaba sobre todo en las comidas familiares por cumpleaños o festividades de otro tipo y nunca con alguien de mi edad; yo discutía con mi tía, 39 años mayor que yo, mientra...